En la naturaleza humana se encuentra la tendencia de dar por sentado todo aquello que tenemos, sea esto familia, trabajo, hogar, libertad, relaciones personales y otros a los que estamos acostumbrados.
"Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde" dice el dicho.
Esta es una manera de interpretar las cosas en tercera persona, alejados, una lección a la que no le damos mucho pensamiento.
Hasta que no nos suceden cosas de las que no hay vuelta atrás no nos damos cuenta de la profundidad de lo irreversible.
Pongamos el caso de este sujeto promedio: Adulto joven, casado, un par de hijos y con trabajo estable.
Una semana después, este mismo sujeto se encuentra a si mismo enmedio de un divorcio, pidiendo permiso para poder ver a sus hijos, mudándose de regreso donde sus papás, teniendo que explicarse ante todo el mundo y aguantando malas miradas en el trabajo, porque decidió hechar una canita al aire con su asistente.
¿El error? Más bien una serie, pero el primero fue creerse más inteligente que su esposa y poner todos los componentes de su vida pendiendo de un hilo a manos del sentir de su amante.
Un mensaje de texto lo condenó.
Ahora siente un remordimiento que lo acompañará hasta La Bermeja y afectó directamente y de por vida a su familia nuclear.
¿Quiénes más? El conductor temerario, el ladrón de cuello blanco, el que se la lleva de machito, la que se escribe con su ex, el drogadicto funcional, la que escala en el trabajo de rodillas y el que no pasa tiempo con sus padres están en la misma jaula mental. No son conscientes del hilo del que pende la vida como la conocen.
¿La solución? Es la parte más triste, porque no existe.
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